LOS CARTELES A LO LARGO DEL TIEMPO SE HAN CONVERTIDO EN EL MOSAICO DE LA VIDA DE NOSOTROS MISMOS, YA QUE SON REFLEJO DE UN ENTORNO QUE NOS COBIJA, EL CUAL, EN EL CASO LATINOAMERICANO, TRAE CONSIGO UNA CALIDEZ MARAVILLOSA LLENA DE MAGIA, EMOCIÓN Y MEZCLA IRREPETIBLES. DE ESTA MANERA, BUSCAMOS INVENTAR UN ESPEJO QUE ANDE Y COPIE LA REALIDAD, SURGIENDO EL CARTEL COMO REFLEJO Y VENTANA DE NUESTRA EXISTENCIA. POR ELLO, EL CARTEL SEGUIRÁ ILUMINANDO NUESTRAS CALLES Y PAREDES CON EL ÚNICO OBJETIVO DE PINTAR E ILUSTRAR LA VIDA DE LA CIUDAD A TRAVÉS DE LA POESÍA DEL DISEÑO, MANIFESTÁNDOSE COMO UNA LANZA EN LA LUCHA DE NUESTRAS VOCES CONTRA EL OLVIDO.
…El cartel no es ni pintura ni decorado teatral, sino algo diferente,
aunque a menudo utilice los medios que le ofrecen una u otro.
El cartel exige una absoluta renuncia por parte del artista.
Éste no debe afirmar en él su personalidad, si lo hiciera,
actuaría en contra de sus obligaciones…CassandreNacimos solos, y así, el deseo de entrar en contacto con lo desconocido. La vida nos recibe con el abrigo de los nuestros en un lugar que se convierte día a día en la patria de las preguntas. Aprendimos un idioma en el calor de nuestro hogar, un lenguaje que no intentamos estudiar ni merecer, ni mucho menos conquistar, pero que nos construye en lo que somos y lo que seremos. Las palabras se convierten en máscaras que enconden tras de sí la profundidad de nuestras almas, las cuales, se mimetizan por medio de simbolismos con el objeto de inventar un yo fiel a nosotros mismos.
Nos convertimos en el resumen de la historia de muchos, la acumulación de energía de quienes pueblan y transforman nuestro territorio, construyendo un lugar que es la suma de las más grandes hazañas y las más mezquinas traiciones. Así, nacen las ciudades y con ellas, la voz de todos que, posteriormente en la modernidad, encontró en un artificio llamado cartel a su mejor caja de resonancia.
Las palabras del gran cartelista japonés Kazumasa Nagai que dan como título a estas líneas, definen el espíritu de este objeto cultural cuyas características y potencialidades trascienden el campo de acción del diseño, ya que desde finales de siglo XIX, esta fábrica de imágenes y manifestaciones culturales, se ha constituido en el medio propicio para la integración del lenguaje de las artes decorativas y el requerimiento social de hacer público un discurso en la naciente sociedad industrial.
El diseñador, nace bajo la sombra del cartel y mientras los demás todo lo quieren comprender, nosotros sencillamente solo aspiramos contemplar. ¿Por qué? Por la necesidad del diseñador por traducir la expresión de la ciudad en un trozo de papel que habla de la manera más democrática, gritando a todos en la calle sin distingo de ninguna clase por medio de la elocuencia del lenguaje de los símbolos. No buscamos, ni creamos, ni inventamos, nuestra originalidad es escasa ya que solo aplicamos y adaptamos lo que nos rodea. Lo que vemos. Lo que somos.
El cartel es una oportunidad para ver de manera diseñada nuestra realidad ya que gracias al trabajo del grafista, el cartel se estableció como una ventana en la cual la sociedad industrial se asomó a la modernidad, manifestada en un entorno cambiante, múltiple y dinámico: la calle, nuestras calles, fruto de la colectivización de la vida. Gracias a la expresividad y potencia comunicativa del cartel, los diseñadores hemos encontrado allí la posibilidad de construir estructuras discursivas que involucran a muchos, los cuales, en un solo instante, logran captar un mensaje por medio de la trascendencia de la gráfica a través del color, la forma, la composición y la tipografía.
Por todo ello, el cartel se ha establecido en el estandarte que con mayor precisión define la labor de los diseñadores gráficos, entregando unidad y elocuencia al esfuerzo expresivo de las ideas. Podemos considerarlo como un medio por excelencia de la comunicación visual urbana, un reflejo de nosotros mismos, donde se pueden reconocer nuestros gustos e intereses epocales, nuestras tensiones sociales y políticas, nuestros sueños y derrotas, nuestros debates y frustraciones, nuestras necesidades y dinámicas de consumo, pero también, se convierte en un instrumento de denuncia que fija su grito en la pared cuando otros recursos no son suficientes o simplemente no existen, o mejor aún, no conocen la lengua de la calle.
El cartel es nuestro reto, una provocación que exige el ejercicio a plenitud de las competencias del nuevo juglar (el cartelista) ya que pone en juego su capacidad de síntesis, su eficiencia comunicativa y su poesía digna de la belleza del color y la luz, sin la cual el diseño carecería de su espíritu trascendental.
Me preguntan ¿por qué carteles? Y respondo, porque mientras existan las ciudades ellos estarán observándonos y pintándonos para que los escudriñemos con la profundidad de nuestras miradas. A pesar de que en la actualidad existan medios de difusión de imágenes variadas y complejas, el cartel no ha perdido su vigencia. Al contrario, se reinventa en múltiples follajes de un tejido urbano que renace y muere día tras día. Como la vida misma.
Es fácil dejarse sorprender por la pirotécnia del adorno digital donde todo se mueve, todo habla, todo se modifica. El ilusionismo retiniano seduce, mientras el cartel avisa. No podemos ir más rápido que ellos, pero sí, podemos llegar mucho más lejos. Sin duda. Lo uno exige, rapidez y dominio de la técnica, mientras lo otro poesía y reflexión. Levedad al estilo de Calvino. Pensar siempre ha sido mucho más difícil que hacer.
Un cartel es una tribuna para el debate público, un vehículo que transporta las ideas de la sociedad, pero también, una manera particular que tiene ella para comprenderse a sí misma, que bien puede estar impreso en papel, como tradicionalmente ha sido, pero en la actualidad, se podría pensar que también puede tener otros mecanismos de flujo sin que llegue a perder su esencia comunicativa. Un cartel no se define exclusivamente por su materialidad como imagen impresa en un papel que luego se fija sobre el muro citadino, admite la opción de tener otros soportes que se alejan de su etimología, como la superficie directa de la pared o los espacios virtuales de las pantallas. Lo importante y verdaderamente valioso, radica en su condición discursiva que describe a la ciudad como un acontecimiento en el cual sus moradores entran en relación entre ellos y con el entorno, donde la imagen se convierte en un objeto de cohesión que los vincula o que los segrega.
¿Qué clase de ser histórico es eso que llamamos cartel? No es un trozo de papel, no es tampoco un pasado y ni siquiera un presente que nos habla entre las paredes, es una utopía que universaliza el espíritu de la calle que encarna en un lugar y en un tiempo por siempre maravilloso: nosotros mismos.
Son tan nobles los carteles que hasta nuestro nóbel les dedico una de sus novelas (La mala hora), y tan simples, que estos versos de un corrido mexicano tomados de la libreta del gran Alejandro Magallanes, nos llenan el alma a quienes intentamos hacerlos:
...ladrón es el que nos roba olfato, oído y vista,
al que nos lo devuelve le llamamos cartelista...